Recuerdo que en el cole, en la época en la que nuestra cabeza no levantaba más de metro y medio del suelo, celebrábamos con especial fervor el Día de Andalucía.
Una de las actividades que se programaban cada año consistía en llevar a clase un plato típico de la gastronomía andaluza.
Ni qué decir tiene que el
"gazpachito" triunfaba sistemáticamante - era una arma infalible para las madres comprometidas-. Y, en oposición, la
"tortillita-papas" aparecía por todas partes -solución de las madres menos entusiasmadas con la actividad de sus hijos-. El tema consistía en llevar el plato en cuestión y explicar al resto de la clase los ingredientes que lo conformaban, así como su elaboración.
A lo que voy: uno de esos años, no recuerdo cual exactamente, mi madre, cocinera forjada a fuego -de hornilla-, decidió prepararme un exquisito
salmorejo. Qué puedo decir...¡yo estaba entusiasmado! (era mi plato favorito). Con su jamoncito, con su huevecillo, en fin... yo conocía empíricamente que aquel plato era una delicia.
No obstante, yo me sentía frustrado porque mi madre no era capaz de explicarme con claridad su elaboración, más bien se encabezonaba en enumerarme una y otra vez los ingredientes de la receta.
- "Pero, mamá, éxplicame cómo lo haces"- le decía yo.
- "Pues, hijo, se le ponen los tomates, el pan, el aceitito... "- me repetía una y otra vez.
Ella, cordobesa de pueblo e intuición, no me hablaba de batir, no me hablaba de cantidades, sólo de sus ingredientes.
Finalmente, desistí, apunté los ingredientes en mi libreta y dejé a la artista trabajar. Cada paso que daba en la preparación era meticulosamente vigilado y anotado. Y una vez terminado... qué remedio... volví a comprobar que ese plato podría ser, con diferencia, uno de los mayores placeres de este mundo.
Esa noche la emoción no me dejó dormir demasiado bien.
Un poco antes del amanecer, salté de la cama, me quité las legañas y con mi
"tupper-ware" y mi irremediable entusiasmo, me planté en la puerta del cole con mi delicioso plato entre las manos.
Un año más el
"gazpachito" y la
"tortilla-papas" (algunas de supermercado) reinaron en el aula. Y ahí estaba yo, con mi salmorejo cordobés, deseando que llegara la hora de hincarle el diente y de que todos se arrodillaran ante la auténtica exquisitez.
Por fin el profesor dijo mi nombre y subí a la tarima del aula. La hora había llegado...
- "Bueno, Jesús, cuéntanos qué has traído" - dijo el maestro.
- "Un salmorejito cordobés" - le respondí nervioso.
- "¡Ah! ¡estupendo! Pues cuéntale a tus compañeros cómo se prepara el salmorejo cordobés". - me dijo.
- "Pues... lleva tomates, el pan, el aceitito..." -respondí repitiendo cada palabra de mi madre.
- "¿Y qué se hace con todo eso?" - me interrogó el maestro.
- "Pues... eh... se ponen los tomates con el pan y el aceitito..." - le dije sin más.
...silencio mortal...
- "... Y se bate todo, ¿no?" - dijo él, sacándome del atolladero.
- "Si, se bate todo" - repetí.
Superada la prueba, llegó la hora de comprobar las cualidades culinarias de nuestras madres, que nosotros nos atribuíamos como nuestras.
Todos los platos estaban expuestos a lo largo del aula e íbamos comiendo de lo que más nos llamaba la atención. Yo, como no podía ser de otra manera, no me separaba mucho de mi "salmorejito". ¡Quería sentir de cerca las mieles del éxito!.
Llegó el momento y dos de mis compañeros se acercaron intimidados a examinar el
"tupper" de salmorejo. Yo estaba plantado a su lado, firme y con una triunfadora sonrisa que cruzaba todo mi rostro.
- "¿Qué es esto?" - dijo uno de ellos.
- "Salmorejo cordobés" - le respondí.
- "Pero... esto es como el gazpacho..." - me dijo sin levantar sus ojos del plato.
- "Bueno... eh... si... pero..." - balbuceé. El otro compañero intervino asertivo de repente.
- "Es como el gazpacho pero en crema... ¡qué asco!" - dijo.
Mi boca se abrió y mi mandibula golpeó contra el suelo.
- "Si. Qué asco. ¡Es una crema naranja!" - dijo otro compañero.
- "Está... está muy rico..." - dije tratando de convencerles con una desencajada sonrisa triunfadora.
Pero el intento fue en vano. Esa mañana fui testigo de cómo mis compañeros se ponían ciegos a
"gazpachito" y
"tortilla-papas" mientras mi salmorejo permanecía inmaculado (salvo por el par de tímidas cucharadas que no pude evitar robar para mi).
Evidentemente, ese día volví a casa llorando. Derrotado. Humillado. Mi artillería pesada gastronómica había fracasado.
- "¡Pero qué saben tus compañeros de que está rico y lo que no! ¡Si se pasan el día entero comiendo porquerías!" - las palabras de mi madre no me consolaban. Pero ella tenía razón.
Gracias a Dios el tiempo pasa y todos crecemos. Con la madurez empezamos a sospechar qué es bueno y qué malo. Diferenciamos con cierta claridad lo positivo de lo negativo.
Y, desde luego, después de años de meticuloso estudio, he llegado a la conclusión personal de que el salmorejo es POSITIVO. (Y el de mi madre más)
Así que este es mi humilde homenaje a uno de los placeres de la vida (aunque con el tiempo y la madurez haya descubierto algunos placeres superiores - si cabe...-).
¡Que viva el salmorejo!

Gracias por estar ahí.
Mañana será otro día...